El clima es mediterráneo, con inviernos propios de la zona de montaña, lluviosos y fríos y veranos suaves, de noches frescas que contrastan con el agobiante bochorno que padecen los pueblos vecinos. Las primaveras se prolongan en todo su esplendor hasta bien entrado junio y los otoños tempranos y templados, pintan de multitud de colores la inmensa superficie poblada por árboles de hoja caduca, permitiendo deleitarnos ante este espectáculo de la naturaleza.
Como la mayoría de los pueblos extremeños, Berzocana ha sufrido intensamente la emigración, con sus secuelas de empobrecimiento y desvitalización, pasando de los 2000 habitantes de los años 60, a los actuales 500, la mayoría de ellos pensionistas; aunque no faltan personas emprendedoras que mantienen pequeñas empresas que dinamizan tibiamente la vida económica del municipio, dando ocupación a parte del sector productivo de la población. El campo, en mano de propietarios forasteros, ha dejado de ser la principal fuente de riqueza y empleo y ahora el pueblo mira con esperanza al incipiente turismo, que aumenta tímidamente atraído por valores tan singulares como la Iglesia Parroquial, los Santos Fulgencio y Florentina, la rica historia y el privilegiado entorno; a los que hay que añadir la forma de ser de los berzocaniegos, siempre hospitalarios y bondadosos, quizás como consecuencia de su arraigada religiosidad, fruto de un cristianismo vivido ininterrumpidamente desde los primeros siglos de existencia de la Iglesia, que se vio reforzado por la presencia de las Santas Reliquias y, desde entonces, Berzocana es centro de espiritualidad.
Santos, Iglesia y pueblo, conforman un conjunto armónico, que mueve el interés de los foráneos y es motivo suficiente para justificar su desplazamiento a la villa y así poder apreciar el misticismo que emana nuestro templo y deleitarse, a la vez, con los encantos de tan especial lugar, donde religión, naturaleza, historia y arte se amalgaman.
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